La niebla lo difumina todo: los contornos, los edificios, las prisas.
Nueva York se transforma en un lugar sin nombre, donde el silencio gana espacio.
La niebla, densa y blanca, llega poco a poco, silenciosa, y se extiende por la ciudad.
Disuelve su identidad y la vuelve anónima.
Solo queda una especie de calma en el aire.
En estas imágenes no hay prisas ni ruido.
El ritmo habitual parece haberse detenido.
La ciudad se aleja de sí misma por unos instantes y se convierte en un paisaje frágil,
como si pudiera desaparecer en cualquier momento.